salvos y guardos.
Teóricamente, todos estábamos bien. Habíamos escapado con vida, nuestras cuatro extremidades, cetros completos, poderes funcionando y sin ser drogados. Las cinco personas que entramos a ese laberinto de magia y ángeles son las mismas que salieron hace pocos minutos, yo incluido. Aphysis nos espera en el refugio, listo para huir al Reino de los Demonios apenas lleguemos. Este debería ser un momento de gloria, nuestra gran batalla, una victoria aún más grande, euforia debería estar corriendo por nuestras venas mientras volamos en la noche.
No hay una sóla palabra. No hay una sóla sonrisa, un signo de felicidad o cualquier ruido que nos indique que acabamos de ganar. Nuestro vuelo es silencioso, sin ruidos de nuestra parte más allá del viento que nos lleva en silencio. Nadie se atreve a hablar de lo que acabamos de ver, lo que acabamos de hacer.
Ganamos, pero a costa de matar a la persona que nos crió y nos cuidó por años y años.
Acabo de matar a mi propia hermana.
Claro que Ari, Tam y Elliot no lo entienden. Para ellos, la mujer que acabamos de asesinar y cuya magia Ari lleva en un pequeño frasco de cristal no es más que una enemiga, una mujer que se alió con los ángeles y buscaba la manera de secuestrarlos y asesinarlos. No es mentira. Si no la hubiéramos asesinado en el momento en que lo hicimos, ella habría tomado a Ta, el más joven de nosotros, y se lo habría llevado. Tam estaría desaparecido y todos somos conscientes de que ese habría sido su final. Pero esa mujer no era sólo una loca enemiga, no era una asesina, yo sé que no lo era.
Ella, esa mujer cuyo nombre era Leona, era mi hermana. La chica que me cuidaba, que me cantaba todas las noches para que durmiera, que hace no más que unos meses, me abrazó mientras lloraba y me prometió que, no importaba nada de lo que pasara, siempre sería su familia. Siempre seríamos hermanos, así nuestra sangre y razas no coincidieran. Siempre.
Caprico, mi otro hermano y el hermano de sangre de Leona, viaja a mi lado. No ha volteado a ver a nadie, ni siquiera a mí, pero sé que está llorando. Un llanto silencioso, lágrimas que caen a las calles bajo nosotros, un dolor que nadie entiende.
Miro mis manos. Hay sangre en ellas. No hubo tiempo siquiera de decirle adiós. Inmediatamente cayó al suelo y su sangre se esparció como un río por la habitación, escuchamos aleteos. Caprico, el único hechicero entre nosotros, tuvo que realizar el hechizo de extracción en menos de un minuto antes de que los ángeles nos encontraran. Dejamos una trampa y nos fuimos. Esos ángeles arderán si intentan seguirnos, los hemos dejado atrás.
Pero el cuerpo de mi hermana también está ardiendo atrás.
— Virshiko — escucho a alguien atrás de mí. Es Elliot, el elemental del agua que nos siguió aún cuando su misión era quedarse con Aphysis en el refugio. Lo volteo a ver, mi rostro seco pero mis ojos rojos. Es difícil volar si estás llorando —. Llegamos, puedes bajar — tardo unos segundos en entender lo que me dice, pero finalmente me doy cuenta de que me he mantenido volando aún cuando estamos sobre el refugio. Ari, Tam y Caprico han bajado ya y Elliot se ha quedado atrás para cuidarme. A mí, el guardián de los elementales. Es estúpido.
Ambos bajamos. Ahí está Aphysis, hablando con Caprico mientras revisa el frasco. La magia de Leona es azúl, igual que sus ojos, igual que los ojos en su cetro. Caprico está dando un reporte rápido, repasando los eventos de la noche de manera rápida. Elliot apareciendo de la nada, el laberinto, cada prueba, cada hechizo, el centro…
— Leona fue eliminada — lo escucho decir —. Estaba hechizando a Tam, los otros dos estaban fuera de combate. Virshiko cumplió su deber — el elemental del aire voltea a verme. Es mayor que todos nosotros, conoce mejor a los ángeles que nosotros, conoce mi misión mejor que yo mismo. Su mirada se encuentra con la mía un segundo antes de volver a hablar con Caprico, ignorando completamente mi presencia en la habitación.
— El cuarto príncipe nos está esperando — escucho hablar al mayor después de un rato. Esta vez va para todos, yo incluido —. Espero que todos se hayan despedido, porque no volveremos a este reino en un tiempo.
No hay más palabras para mí hermana
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